Apología.

Vestía una enorme soledad, tan grande que no parecía tan flaco, tan flaco por los golpes, por los morados y la anemia en su pasado que escribía sobre su cabeza que aún extrañaba y que también sentía maleza en sus pies, como lo había sentido yo desde principiante. Cantaba canciones que me sabían a lo que no había podido escribir durante tanto tiempo, letras que entraban en mí y me hacían más grande, más expuesta, más capaz, con menos esperanzas y menos sangre para derramar. Y me habló de el mundo que yo conocía exactamente pero nunca había podido plasmar en el lienzo de su piel, me habló de amores retraídos, me habló de la sangre con la que yo escribía y que él tomaba en una copa de vino, me hablaba de eternidades con fines tardíos, que podíamos volar sin que nadie nos oyera, y me vistió de astronauta y volamos, volábamos tan alto que el aire se nos acababa y se sentía como el sueño que siempre habíamos querido soñar, se sentía como morir y me hizo libre y lo hice a él más prisionero. Luego el tiempo se hizo ave y nos volvimos a encontrar en una calle pequeña, estrecha, y fuimos eternos como besos, como abrazos y caricias con sabor a canela con café oscuro. Y seguía siendo tan libre y él tan prisionero. Y sentíamos lo mismo y ya sabíamos igual de tanto probarnos.  Y fue ahí cuando conocí realmente mis errores, cuando los hice míos y les di nombre, y el pasado me los reclamó y volví a llorar por el recuerdo de los dedos sobre mis labios tan definidos de el sabor a ese nombre que ahora era pohibido nombrar en ese paraíso que quería que lo besara de nuevo y que no había podido ser. La culpa me transformó en cadena que amarraba sueños e historias que querían ser contadas y que mi boca quería nombrar y enmarcar, pero siempre había sido prisionera de dejar de soñar con la ventana abierta y había tenido que reconocerlo para afrontarlo y redactar una carta para no entregarla y después tener que incinerarla para que el recuerdo dejara de agobiarme los lunares simétricos. Entendí de nuevo que mi historia había acabado y que ahora sólo me quedaba volar por calles con nombre a mí y a él y el que nombró el pasado y lo había declarado indeleble. Supe que había sido yo la que lo transformó todo y la que había dejado todo para convertirme en lo que era ahora, una blanca cadena de acero.

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