Carta sin destinatario. Dirección inválida.

Sé que hace mucho tiempo no hablamos, sé que fue mi elección. Pasaban muchas cosas y, como siempre, te sentí tan lejos que mejor no quería sentirte más, ni recordarte, ni siquiera pasearme por la experiencia de ser pilar en tu vida. Me harté de sentir siempre que te estaba buscando para poder rehacer esa columna que ha sostenido de manera poco estable la casa de lo que es cada día esta vida mía que no pediste permiso para dar. Como de costumbre me harté de tener que ponerle remiendos a esa columna que es más bien estaca y que, no sé cómo, siempre ha sostenido esa misma casa sobre la que más peso parecen ponerle los días, peso que a veces es de una matera nueva gigante con una monstera en ella y que más frecuentemente es peso de una mesa que cojea, que está llena de podredumbre pero que alguien que amé mucho me regaló una vez. Esa columna remendada que increíblemente sostiene este hogar que soy yo, también es pilar para mí, como soy yo para vos. Y ponerlo en palabras le otorga un nuevo peso a la columna, esta vez es un espejo viejo y roto pero con el arco más precioso visto jamás.

El otro día, mucho tiempo después de enterarme de lo sucedido y mientras te estuviste paseando por mi mente -como siempre quieres hacer todo: sin permiso-, me acerqué sin buscar cómo ni por qué a una persona que se llama como tú y que, casual y ridículamente también comparte, como pilar, un vínculo con una persona que se llama como yo. Y hace mucho, te juro, que no había llorado tanto por vos como lo hice esa noche. Noche que pude compartir al lado de personas llenas de luz, que a ti te fastidiarían o a las que, al menos, harías pasar por un momento incómodo. Porque así sos vos.

Esa misma noche, antes de que las causas se juntaran y cumplieran con su cometido -el cometido de la absurda rareza del vivir-, te escribí. Sé que mi memoria fallará más de lo que falla ahora, pero sé también que jamás te había escrito, ni un solo fragmento en todo estos recorridos alrededor; yo, que le he escrito a los árboles, que le he escrito a la muerte, a las ventanas abiertas, a lo más ajeno y a lo más inherente... nunca te escribí. (Ahora que lo menciono, entre lo ajeno y lo inherente, ¿dónde vives?)

Y ahora que te escribo por segunda vez, quisiera compartirte lo que te escribí aquella primera: 

espero que a donde vayas encuentres paz. te perdono y agradezco que hayas sido tú para poder aprender de todo lo que nos ha pasado en conjunto. te amo, te extraño y me duele tu situación como sé que, en el fondo, te duele a vos y así como nos está doliendo a todos los que somos algo en tu casa. perdóname tú también, a mí, por no haber aprendido esto antes y haberme cobijado en la lejanía; por no haberme remendado mucho antes. te lo debo y nos lo debemos los dos: espero poder algún día recuperar esto que siempre nos ha dolido tanto no tener.

Hoy mantengo toda mi casa en el vacío para sacar esa estaca que me ha servido de columna y repararla, o mejor aún: crear una nueva con unos de los pedacitos de los remiendos, para el recuerdo.  


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