Soñando ya no más.
La oscuridad volvía a bajar del peldaño incesante y la atracaba, la apuñalaba, la envolvía, la desmenuzaba en pedazos donde la inseguridad y el miedo volvían a unirse con la luz. El día y la noche volvían a ser la misma oscuridad eterna y ella no paraba de llorar. Un "don't try to wake me 'cause I will be gone" de nuevo la envolvía, la estremecía, la inundaba, de nuevo la muerte rondaba sus muñecas y las voces al oído no dejaban de perseguirla. No podía entender qué estaba sucediendo hasta que se agarró de donde pudo y se volvió completamente loca al encontrar su corazón envuelto en sangre ya muerta, seca, inservible. Histérica gritaba, corría, mientras así mismo cortaba sus miedos con afiladas cuchillas, en pliegues pequeños, como quien quiere leer entre renglones y no encuentra, todavía, algo más que sangre, calor con frío y lluvia, la lluvia de su sangre, lluvia de dolor, de miedo, de misterio, de ésa tan respetada curiosidad por el filo de la muerte.
Él en su habitación pequeña, no dejaba de ahogarse en el amor que hacia ella profesaba; le entendía, le escuchaba aún cuando ella no hablaba, ni estaba, ni amaba como él. Él, en cambio, encontraba luz que le sabía a dulzura, a eternidad, a ganas, a necesidad de sentirla entre sus brazos, a ésa dependencia por ella que nunca le había causado ni la droga más fuerte que habría probado. No entendía el porqué de su incansable deseo de socorrerla y la lista de reproducción musical con su nombre seguía danzando por la habitación, que sólo hablaba de ella. Las paredes tenían sus rasguños, sus gemidos, las almohadas despiezaban los sueños que ella había soñado en cualquier parte del mundo, el suelo dejaba caer los muchos compases del son de sus zapatos al caminar, su ropa olía a su perfume, a su dignidad, a su amor, a su mirada tan grande que, aun después de tantas cicatrices por las lágrimas de sangre que caían en sus ojos, seguía siendo hermosa... todo era de ella aún siendo de él.
Él en su habitación pequeña, no dejaba de ahogarse en el amor que hacia ella profesaba; le entendía, le escuchaba aún cuando ella no hablaba, ni estaba, ni amaba como él. Él, en cambio, encontraba luz que le sabía a dulzura, a eternidad, a ganas, a necesidad de sentirla entre sus brazos, a ésa dependencia por ella que nunca le había causado ni la droga más fuerte que habría probado. No entendía el porqué de su incansable deseo de socorrerla y la lista de reproducción musical con su nombre seguía danzando por la habitación, que sólo hablaba de ella. Las paredes tenían sus rasguños, sus gemidos, las almohadas despiezaban los sueños que ella había soñado en cualquier parte del mundo, el suelo dejaba caer los muchos compases del son de sus zapatos al caminar, su ropa olía a su perfume, a su dignidad, a su amor, a su mirada tan grande que, aun después de tantas cicatrices por las lágrimas de sangre que caían en sus ojos, seguía siendo hermosa... todo era de ella aún siendo de él.
Ella llena de odio y sangre, él lleno de su constante miedo a perderla. No dejaba de pensar que su mar no sería nada sin las gotas de sangre que ella cada tanto emanaba, que su aire no sería el mismo sin ese vaho que ella -después de que ya no tenía más lágrimas por llorar-, exhalaba. La duda los llenaba a ambos, el terror no dejaba de enorgullecerse de las noches que dañaba, las letras se apoderaban de cada uno, cada uno con su propio estilo de plasmarlas en papel y sin embargo todas tan iguales, repletas de tanto odio, rencor, desprecio, sangre, ganas de la muerte que a diario los rondaba, de cuchillas con la sangre de ella, de pipas con los sueños rotos y las esperanzas quemadas de él. La misma luna los acogía en su regazo y era tan grande que ninguno se encontraba allá arriba, sólo encontraban, a cambio, la misma caligrafía... que a pesar de que los unía, seguía separándolos... como aquél confuso principio, aquellos finales recobrados, aquella muerte que ambos habían saboreado tanto. La duda seguía, la respuesta se mostraba y la negación decoraba. El mismo cuadro para ambos.