Bohemia.

Quizá sea la ansiedad, la decepción, el desamor, la intranquilidad. El lío se forma en cuanto llego a mi puerta y no hay nadie para abrirla. "Well I guess this is growing up, well I guess this is growing up". Una guitarra vacía contempla mi habitación: domingo por la noche, predicción de entierro, epitafio sin cruz; la guitarra preferiría irse, yo en el fondo lo entiendo. Quiero encontrarme pero ya estoy en una tumba, cegada y fría, sin sangre azul. Ah, aquella vida imposible de vivir. ¿Cuándo la ansiedad se despliega en ganas de cortarme la piel ya podrida? ¿cuándo la decepción comenzó a ser este rostro inundado de lágrimas, esta calma que se introduce en mis venas cuando me siento tan vacía como para poder soltarme como una pluma en la cúpula de un puente? La vida pasó como pasa eso que no vemos, ni palpamos, ni sentimos; pasó a ser la sin gracia y sin sentido, la vida escéptica, la maldita corriente filosófica por la cual ahora sólo nadan mis pasos, mis inútiles pasos hacia la muerte en la que ya me encuentro en unos años, o quizá mañana.
Pensé en el amor y me hallé llorando frente a una puerta en un onceavo piso que nunca me abrieron. Luego corrí a los brazos de un amante que me amó y que tuvo que dejarme ir por rutina. Al final me vi en los brazos de una lejanía cortante, un adiós hecho crónica y una tempestad que estaba por arrasar con mi ventana. No podía dejar que mi ventana se separara de mí, era como quitarme los ojos y tener que dejar de llorar: dejar el lado bohemio, morir de otras maneras ajenas a la música azul de las noches, los cigarrillos, el alcohol y luego el café. Sería quitarme la porción de vida que me toca, la única.
Alguno pudo ser mi pequeña porción de vida, a diferencia de ése azul vacío que ahora me toca. Pero nadie pudo vencer el singular vacío que me acompañaba desde niña. Quizá fue la insuficiencia prematura, o el haber conocido el cigarro antes que el amor, o tal vez el no haber tenido un espejo rosado que me hiciera sentir princesa, de pronto fue no tener una cara bonita ni un sueño copiado de un cuento de hadas.
Es una vaga ironía lo que ahora me transporta a tantos recuerdos: duro más escribiéndolos que viviéndolos en tiempo real, en tiempo pasado, pasado que quizá no fue mejor pero que tampoco va a ser peor. El ahora siempre vendrá con una soledad tormentosa, de ésas que dan miedo. "Si mis plegarias no fueran a la virgen sino a ti..." ¿Por qué cada rincón de esta habitación inhabitada tiene que tener tanta sangre invisible? ¿Por qué cada lejanía propia de mi ser, tendrá esa característica rota, hundida, negra, roja, azul, nunca verde? Esta habitación no contiene más que cuchillas, una temerosa frialdad, el calor de la ira, las lágrimas disueltas en humo y más de un adiós.
Quizá es por ése adiós, ése adiós interminable por el que transcurre mi vida que ya no sé pronunciar bienvenidas. De pronto en el inicio de mi vida esté tatuado el final. Por éso el miedo a la soledad que es más mi vida que la compañía inoportuna e inconforme. Por esta inútil respuesta ya dada es por lo que no puedo apreciar una mañana rosada en mi ventana o éste calor confortable del café. Por éso y por nada más que éso, es por lo que el libro de mi vida se llama Bohemia, porque es mía, porque no puede ser de nadie que no sea azul de la desdicha, que no fume cigarrillos tristes que se acaban siempre y que no beba algún elixir como el alcohol y el café que sólo contienen melancolías que se revuelven con las palabras que moja pasando por la garganta. Por éso, tan sólo por éso.

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